Sevilla volvió a regalar este pasado lunes una de esas estampas a priori incongruentes, pero que consolidan a la ciudad como una capital cosmopolita. Una sensación de extrañeza similar a la que sentimos cuando vimos a la princesa Padme y a su Jedi de confianza, Anakin Skywalker, atravesar los pasillos de la Plaza de España en la gran pantalla. Esta vez, el contraste unió a uno de los monumentos más icónicos de la capital andaluza con el que probablemente sea el mayor icono de la música alternativa y el shock rock: Marilyn Manson.
La velada arrancó en una Plaza de España envuelta en el calor asfixiante, propio de una tarde de julio sevillana. De fondo, mientras el recinto se llenaba, resonaban los compases flamencos de los spots del festival, creando un preludio casi surrealista. Hasta que la cuenta atrás llegó a su fin. Exactamente a las 22:30, las luces se apagaron por completo y el escenario se tiñó de un rojo infernal entre columnas de humo y cruces dobles invertidas.
Hacía su entrada Brian Hugh Warner, mundialmente conocido como Marilyn Manson. El cantante de Ohio, rostro indiscutible durante décadas de una cultura gótica que ha levantado tantas pasiones como polémicas, pisaba el suelo sevillano bajo una expectación descomunal.
Ciertamente, el ambiente previo estaba marcado por la incertidumbre. Muchos de sus seguidores dudaban del nivel real del show debido al turbulento historial de excesos, adicciones y polémicas que habían hundido al artista en los últimos años. Sin embargo, los pronósticos erraron por completo.
Sobre las tablas nos encontramos a un Manson totalmente en forma, tanto física como vocalmente, al que cuesta ubicar en la friolera de los 57 años. El parón y la limpieza química le han sentado de escándalo. Tanto es así que el propio cantante quiso verbalizar su sobriedad a mitad del concierto con una rotunda declaración que tronó en el monumento:
“Aquí la única droga que tenéis soy yo mismo”.
Durante hora y cuarto de una precisión milimétrica, desfilaron himnos atemporales que marcaron a toda una generación, como Sweet Dreams, Personal Jesus, mOBSCENE o la atronadora The Beautiful People.
El despliegue escénico fue impecable, pero el clímax absoluto de la noche llegó con Tourniquet, pieza clave de su emblemático álbum Antichrist Superstar (1996). Para interpretarla, Manson emergió de la penumbra subido a unos zancos y apoyado en unas muletas de metro y medio de altura, recortando su imponente silueta contra la arquitectura de Aníbal González y desatando la locura colectiva de una plaza totalmente entregada a su ritual.
En definitiva, un tanto sobresaliente que hay que apuntarle a Icónica Santalucía Sevilla Fest, que no deja de sorprender al fundir el heavy metal más descarnado con la iconografía y el duende de nuestra tierra. Una prueba irrefutable de que Andalucía abraza a todos los públicos y no deja a nadie fuera, sea como sea su lista de Spotify.
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