Zorra: La reapropiación del insulto como agitador de esquemas arcaicos

El mamífero astuto y rojizo ha removido las mismas conciencias que las “tetas” de Rigoberta Bandini. Algunos consideran que el himno es causante de asco; sin embargo, otros consideramos que el miedo es el que les corroe por desafiar predominancia heteropatriarcal. Fortalecer los derechos de las mujeres, cuestionar los modelos tradicionales de interacción entre las relaciones de género, sugerir nuevas formas de relacionarse puede sobrepasar las zonas de confort de muchos y de muchas.

Tan solo dos semanas han pasado desde que conocimos, según el CIS, que el 44% de hombres españoles valoran que se ha llegado demasiado lejos en la promoción de la igualdad. Así pues, estos creen que son discriminados en materia de igualdad. Es más, este dato no es de extrañar ante la fuerte crítica que los partidos de derecha y sus dirigentes mantienen hacia la igualdad de género. Siendo una enorme barrera para que una gran parte de nuestra sociedad pueda llegar a respaldarla en cualquier tipo de materialización, y un claro ejemplo, es el “zorra” de Nebulossa.

En primer lugar, no considero que toda persona crítica ante dicho tema sea intolerante, es evidente que los gustos son (deben) ser diversos y respetables. Dicho esto, mi opinión se centra en aquellos y aquellas que vierten odio por cuestiones totalmente ajenas a la calidad vocal o a la puesta de escena. Podemos encontrar desde los que se enfocan en la apariencia física de los bailarines por salirse de la heteronormatividad o aquellos que mantienen una postura reacia por el daño que le puede causar a los niños y a las niñas. ¿Tanto les importa la igualdad a aquellos que reniegan de violencia de género o que apoyan firmemente la eliminación de cualquier legislación que ampare a la mujer? ¿Dónde estaban esos comentarios llenos de contundencia para condenar los 53 feminicidios que se dieron en el 2023?: El silencio como causa de la masculinidad hegemónica.

Actualmente, seguimos encontrándonos con una estructura cultural, social, económica y política masculinizada que está de manera inherente en cada uno de nosotros y de nosotras. Algunos, hemos optado por dar un paso en frente y autocuestionarnos nuestros comportamientos y actitudes. Así pues, otros poseen pavor por realizar cualquier tipo de ejercicio vinculado con la introspección: ¿Cómo he podido pensar de manera errónea toda mi vida? ¿Por qué tengo que cambiar manera de observar mi statu quo en la sociedad? Ambas preguntas pueden florecer con una sola frase: “Si algo sola me llaman zorra”.

Hacernos los ciegos y los sordos ante una posible debilidad incapacita el poder dialogar o empatizar con los demás. Negar la capacidad de subordinar a quién se hace de manera automatizada ya no va a achantar la transformación social en la que nos encontramos. Ante la negación y el estereotipo, “zorreemos”.

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